
Ya en el siglo XIX nos encontramos con el florecimiento de múltiples inquietudes intelectuales, con una “revolución del pensamiento” que influirá en el quehacer teológico de finales de ese siglo y principios del XX. Inquietudes que planteaban nuevas y profundas interrogantes a las que el cristianismo estaba obligado a responder: ¿Cuál es la misión del cristianismo en el mundo moderno?, ¿cómo justificar su existencia y su valor conforme a las exigencias de la razón moderna?, ¿el cristianismo y, más aun, la religión es un estado superado en el proceso evolutivo de la cultura humana?, o como señala un autor, ¿en qué debe desarrollarse la religión?, ¿toda vía debe dar y recibir vida en la civilización contemporánea?